En
mis trabajos, siempre procuro tener en cuenta que la salud es lo primero.
Aunque me aprieten y siempre estén gritando y exigiendo lo imposible, procuro
tener presente que mi integridad física es lo único que no se debe perder por
nada del mundo, ya que es irrecuperable. Si, para ser mejor trabajador, te
arriesgas demasiado y pierdes un brazo o un ojo, te van a echar del trabajo sin
miramientos.
Y
es complicado salir siempre ileso, tal como se trabaja en España, doce o trece
(a veces más) horas diarias bajo los berridos y quejas constantes de encargados
nazis, que en realidad no tienen claro cómo quieren que hagas las cosas, pues
casi siempre es al revés de como las estás haciendo, pero si las haces al revés
entonces es al revés del revés.
Aunque no seas de los que se paran a hablar.
Durante
el último English Date, un inglés que trabaja como profesor nos decía: “En
Londres, si hay, pongamos, 8 millones de personas y 7 millones de empleos, uno
siempre encontrará algo, porque la gente no aspira a permanecer toda su vida en la misma
empresa. Tú curras en algo hasta que te cansas, pongamos que a los tres años
decides cambiar, y encuentras libre el puesto de alguien que también ha
decidido cambiar tras un año en el mismo sitio. Aquí en España, no existe esa
movilidad laboral, porque la gente tiene otra mentalidad. Todos se agarran como
lapas a un trabajo, con intención de mantenerlo para toda la vida. De ese modo,
los empresarios encuentran fácil reducir los derechos laborales y endurecer las
condiciones, porque la gente teme exageradamente perder ese puesto. Y por eso alguien puede pasar mucho tiempo buscando sin encontrar trabajo”.
Relacionemos
esto con nuestra tradición de hipotecarnos a X años para comprar vivienda,
mientras que lo normal en el norte de Europa es vivir de alquiler, sin manías,
toda la vida.
Y ahora pienso
que, quizá, en el amor, el mundo entero sea demasiado español.
Porque ya seas alemán, senegalés o surcoreano, vas a reproducir, en uno u otro ámbito de la vida, las mismas tendencias irracionales. Por algún lado u otro va a explotar, en cada país, la tendencia a la desmesura en las relaciones sociales. Y los países que ahora atraviesan etapas más avanzadas de la evolución social, en otros momentos de la historia han ido por detrás, y en algún momento, dentro de siglos quizá, volverán a ir por detrás, y volverán a pasar delante, etc...
Y en cada momento los patrioteros de cada uno de los países que encabecen la carrera atribuirán ese éxito a supuestas virtudes inherentes a su nacionalidad (somos los más responsables, somos los más listos, somos los más disciplinados, etc...).
Pero el amor demuestra que ser lapa no tiene nacionalidad.
Tendrá una época más o menos larga en cada persona, tendrá un contexto histórico distinto para cada uno, tendrá...
Quizás
el tema musical que más haya escuchado en los últimos meses sea “Air” de Jason
Becker. Me hipnotiza, y la he de escuchar una y otra vez. Sus distintas
melodías se entrelazan, trenzándose y destrenzándose como hélices de ADN,
siendo lo más parecido que conozco en música moderna a J. S. Bach, A. Vivaldi y
J. Pachelbel.
Es
la máxima expresión del heavy metal neoclásico, quizá lo más alto que haya
llegado a volar un guitarrista de inspiración barroca. Becker tenía unos 15 o
16 años cuando la compuso, y 18 años cuando la grabó para su álbum debut en solitario “Perpetual
burn” de 1988, tras haber realizado dos discos con una banda llamada Cacophony.
Parece
que existen dioses vengativos, y que el chico hubo robado algún fuego celestial
para entregárnoslo a los mortales, ya que en 1989 empezó a notar los
primeros síntomas de una enfermedad degenerativa casi desconocida por aquella
época, ELA, Esclerosis Lateral Amiotrófica, que desde principios de los noventa
le mantiene físicamente paralizado, sin poder mover más que los ojos. Pero el Prometeo de la
guitarra ha seguido componiendo música gracias a un programa informático que
maneja con el movimiento de sus globos oculares. Todavía en 1990 fue votado como mejor guitarrista del año por los lectores de la revista Guitar Magazine.
Normalmente,
un heavy aficionado a la guitarra te dirá que los tres guitarristas más
influyentes de las 3 últimas décadas son Joe Satriani, Steve Vai e Yngwie Malmsteen. Éste último sacó su primer álbum instrumental en
1984, y casi gana el Grammy a mejor álbum de guitarra, con 19 añitos. Contenía
el temazo “Icarus' dream suite”, que empieza versioneando el “Adagio de Albinoni”
de Remo Giazotto.
Había
nacido el subgénero llamado “Neoclásico”, y enseguida se le sumaron multitud de
virtuosos como Tony MacAlpine, Vinnie Moore, Paul Gilbert y el adolescente Jason
Becker, el que más se acercó al Sol, el verdadero Ícaro de este mundillo.
Siempre
me ha sugestionado aquella frase que aparecía en el libro de latín de segundo
de BUP: “Mens sana in corpore sano”, aunque en la práctica, eso de mens sana no
vaya mucho conmigo. Veo a esta gente, cuyos cuerpos, en parte gracias a la
iluminación, pero también por esfuerzos deportivos y dietas cuidadas, semejan
esculturas clásicas de mármol o porcelana, y cómo son capaces de, mentalmente,
centrarse en la danza, sin sentirse cohibidos por la desnudez propia y la de
quienes les acompañan en la coreografía, convencidos de estar realizando una
actividad totalmente artística, que no debería escandalizar a nadie, y siento
que algo así, en intensidad y autoexigencia, debería ser el objetivo de mi vida,
aunque no me vea capaz de confiar en mis capacidades mentales.
Dicen que fue compuesta entre 1831 y 1836, inspirada por la amargura que Chopin sufría en Viena por la ausencia de sus familiares y amigos, quienes luchaban en Polonia contra la opresión del imperio ruso.
Me ha costado elegir entre alguna de
las interpretaciones que ofrece Youtube, porque estoy acostumbrado a la del
disco que compré hace casi 20 años, grabada por una pianista llamada Ida
Czernicka, de duración 8:53, y la mayoría me parecen muy diferentes a aquélla. Finalmente, ésta de Zimerman era la más parecida.
Aquéllo que dicen: "Para ser pianista debes dividir el cerebro en dos", me parece muy claramente reflejado en esta pieza. El otro día intentaba tocar parte de la melodía con la guitarra, y me parece de locura pensar en cómo cada mano ejecuta distintas escalas a la vez.
Es uno de
esos temas que a veces considero "mi canción preferida", junto a
"Estranged" de Guns N' Roses, la "Tormenta de verano" de
Vivaldi, "Stairway to heaven" de Led Zeppelin, el Allegro de la "Serenata nocturna" de Mozart, "Air" de Jason Becker, "Little wing" de Jimi Hendrix, "Prognosis" de Steve Morse, "Strawberry fields forever" de The Beatles, entre algunas otras.
En los noventa era bastante heavy, con aspiración de ir poco a poco conociendo música clásica. Mi tendencia preferida era el shred, o metal instrumental, tipo Joe Satriani, Vinnie Moore, etc. Con el tiempo he ido diversificando bastante mis gustos, tirando también hacia el indie, funk, afrobeat, balkan, jazz, ska, reggae, electrónica, celta, klezmer, soul, world music, flamenco, bossa nova...
He acabado aceptando que el heavy no es para fiestas, que hay temas muy buenos pero no son alegres y divertidos. Sin embargo, a la hora de elegir mi tema preferido, termino volviendo a la clásica, barroca, romántica (de principios del siglo XIX) y el heavy. ¿Tendencia patológica hacia lo triste y reflexivo? ¿No podría sentir igualmente como tema preferido el maravilloso "Samba dees days" de Stan Getz, el armónico "Smack my bitch up" de The Prodigy, el divertidísimo "Djindji Rindji Bubamara" de Emir Kusturica, el impresionante "Watermelon man" de Herbie Hancock, el exótico "Mandala" de Thievery Corporation, el mítico "Guns of Navarone" de The Skatalites, el asombroso "No somos máquinas" de Ojos de Brujo, el hipnótico "Entre dos aguas" de Paco de Lucía, el groovy "Goliath" de Monophonics, el jolgorioso "Home" de Edward Sharpe and the Magnetic Zeros, el irreverente "All outta angst" de NOFX, el encantador "Ja sei namorar" de Tribalistas...?
La
profesora de inglés nos ha mandado una excelente actividad. En clase vimos el
vídeo viral en que un tal Gary Turk recita su poema “Look up”. Mayte nos pasó un par
de hojas fotocopiadas con el poema entero, y ahora cada uno debe, en casa,
tratar de recitarlo con la misma entonación y velocidad que el autor, intentando emular su pronunciación. Hoy nos grabaremos recitándolo en grupo.
Su tema es
si la (¿excesiva?) atención que la gente dedica a las redes sociales nos hace
más insociables.
Tras verlo
por primera vez, tuvimos que debatir, en grupos reducidos, sobre su significado
y si estábamos de acuerdo o no.
En nuestro pequeño grupo fui el único que lo consideraba quizá demasiado alarmista. Recuerdo un párrafo
de Bertrand Russell que rebate a quienes critican cada avance tecnológico
argumentando que no es natural. Russell afirma que lo natural, para cada uno,
es lo que ha conocido en su niñez. Lao-Tsé, hace unos 2.500 años, protestaba contra los caminos, los carruajes y las embarcaciones, cosas que probablemente
eran desconocidas en su pueblo natal. En cambio, Rousseau estaba acostumbrado a
tales cosas y no las consideraba contrarias a la naturaleza, pero probablemente
hubiera execrado los ferrocarriles si hubiese vivido lo suficiente para llegar
a conocerlos.
Quizá Gary Turk tenga razón en que la tecnología nos aleja de conocer a quien está a nuestro
lado. No soy muy hablador pero recuerdo algunas conversaciones con gente
desconocida en trenes, autobuses y estaciones, cuando no había Facebook. En cierta ocasión incluso quedé para más
adelante con una chica, durante un trayecto en tren. Pero esa tecnología nos
aporta muchísimo. Nos aburrimos menos. Tenemos a nuestro alcance una ingente
cantidad de información en cualquier ámbito, y múltiples opciones de ocio. Lo
difícil es aprender a restringir su uso a los momentos en que no haya un plan
mejor, ni una obligación que cumplir. Por evitarme sustos económicos, siempre
me he asegurado de que mi recién comprado móvil no tuviese acceso a internet, y
prefiero seguir así aunque me costase cero. Creo que la mejor manera de
controlarme es esa. Ya demasiado me paso entrando con el ordenador, en casa.
No es por
eso que dije “quizá demasiado alarmista”. Desde la perspectiva de “hay que ser
sociable”, el vídeo nos alerta de un peligro muy real, de una tendencia
alienante. Lo dije porque, aunque el modo de vida, algo más sociable, que hemos
conocido desde pequeños nos parezca mejor, aunque estemos seguros de que era
mejor jugar en la calle al escondite, a fútbol o a carreras de monopatín, cosas que no se ven tanto en los niños de ahora porque están mirando la pantalla de un móvil, ¿hay
que preocuparse tanto por el rumbo de algo tan eternamente cambiante, tan
inconstante, como es el comportamiento de las masas humanas, tan imprevisible
en sus efectos? Me preocuparía en casos extremos: si las viese desfilar con
antorchas o rifles, saludando a un nuevo Hitler. A pesar de la miseria generada
por la corrupción política, no me parece que la juventud española se haya
vuelto especialmente racista o xenófoba. Hay los que había, las excepciones de
siempre.
Si el
problema no fuesen las redes sociales, sería cualquier otro.
Quienes
tenemos alrededor de 35 años hemos crecido en un país bastante socialista, en
un mundo que no llegaba a 6 mil millones de personas. Los jóvenes de ahora se
ven en una España políticamente peor, más liberal en macroeconomía y con
menores posibilidades de independencia, en un mundo que supera los 7.400
millones de habitantes, cada vez más contaminado. Pero tienen medios para
aburrirse menos que nosotros a su edad, y para informarse mejor. Ven una sociedad algo menos pacata,
menos creyente en religión y menos homófoba. Internet les puede hacer conscientes
de multitud de lugares y actividades interesantes o divertidas que no quedan
lejos. Ríos, playas hermosas, museos, pueblos con encanto, fiestas diferentes,
rutas de senderismo, deportes de aventura, locales donde hablar inglés con
gente nativa... La consciencia de las opciones de ocio existentes se ha
multiplicado. Puedes ver todos los clásicos del cine, escuchar infinidad de
música en todos los estilos, aprender online a tocar un instrumento, con
tablaturas de tus temas predilectos y con vídeos tutoriales, comparar opiniones
para decidir próximas lecturas. Todo es distinto. Nosotros éramos básicamente "pijos" o "heavies". Ir rapado o con rastas, lleno de tatuajes o piercings, o con una perilla de
cuatro centímetros, te hacía ser mucho más raro que ahora. Ahora creo que una
mayor variedad de estilos está a la vista. La tecnología nos hace más naturales
o más antinaturales en según qué cosas. Los canales televisivos “de izquierdas”
nos muestran más realidades que antes, porque esas realidades ya han circulado
por Facebook, y no quieren ser menos. ¿Hubiese podido darse un fenómeno
político como el 15M o Podemos en los años noventa? Ni de coña. Para los partidos minoritarios, triunfar en las redes sociales es el trampolín que les lleva a tener minutos en La sexta y Cuatro. ¿Sabría yo ahora quién es Mónica Oltra si no hubiese Facebook? Soy valenciano y tengo claro que votaré a Compromís, como ya hice unos años atrás. Cualquier avance que nos facilita algún aspecto de la vida siempre conlleva un riesgo de excesiva dependencia, incluso de adicción. Pero siempre se han hallado remedios sin tener que renunciar a esos avances. Creo que un grupo de personas calladas, mirando cada una la pantalla de su móvil durante largo rato es una excepción rara, no es lo que te encuentras en cada bar y en cada calle. No necesitamos asustarnos por que algunos sean así. You! Me! Dancing! (Los Campesinos, 2006):
The beats
yeah, they were coming out the speakers
And were winding up straight in your sneakers
And I'm dancing like every song he spins is bis
Or like all my dance heroes would if they existed
And yeah it's sad that you think that we're all just scenesters
And even if we were its not the scene you're thinking of
To taking props from nineties boy band fashions
All crop tops and testosterone passion
If there's one thing that I could never confess
It's that I can't dance a single step
It's you, it's me
And there's dancing
It's you, it's me
And there's dancing
Not sure if you mind if I dance with you
But I don't think right now you care about anything at all
If only there were clothes on the floor
I'd feel for certain I was bedroom dancing
And it's all flailing limbs at the front line
Every single one of us is twisted by design
And dispatches from the back of my mind
Says as long as we're here everything is alright
If there's one thing that I could never confess
It's that I can't dance a single step
It's you, it's me
And there's dancing
It's you, it's me
And there's dancing
If there's one thing that I could never confess
It's that I can't dance a single step
One thing that I could never confess
It's that I can't dance a single step
It's you, it's me
And there's dancing
It's you, it's me
And there's dancing
It's you, it's me
And there's dancing
It's you, it's me
And there's dancing
And I always get confused,
because in supermarkets they turn the lights off when they want you to leave,
but in discos they turn them on.
And it's always sad to go, but it's never that sad,
Because there's only so many places you're guaranteed of getting a hug when you
leave.
And then on the way home, it always seems like a good idea to go paddling in
the fountain, and that's because it IS a good idea.
And were just like, how Rousseau depicts man in the state of nature:
we're undeveloped, we're ignorant, we're stupid, but we're happy.
"One" de Metallica, interpretada por Rodrigo y Gabriela.
Alguien
colgó en Facebook este poema de la ganadora del Nobel de literatura 1996. Me
suele costar de entrar la poesía, pero en este caso hubo cierto flechazo. Dice
cosas que siempre he sentido. ¿En qué corriente filosófica cabría encuadrar mi
perspectiva de la existencia? Quizá lo que más se le acerque sea el nihilismo,
pero creo que hay parte de casi todas.
WISLAWA
SZYMBORSKA - UNA DEL MONTÓN
Soy la que soy.
Casualidad inconcebible como todas las casualidades.
Otros antepasados podrían haber sido los míos, y yo habría abandonado otro
nido, o me habría arrastrado cubierta de escamas de debajo de algún árbol.
En el vestuario de la naturaleza hay muchos trajes.
Trajes de gaviota, de araña, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a medida, se lleva dócilmente hasta que se hace tiras.
Yo tampoco he elegido, pero no me quejo.
Pude haber sido alguien mucho menos personal.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre, partícula del
paisaje sacudida por el viento.
Alguien mucho menos feliz, criado para un abrigo de pieles o para una mesa
navideña, algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.
Árbol clavado en la tierra, al que se aproxima un incendio.
Hierba arrollada por el correr de incomprensibles sucesos.
Un tipo de mala estrella que para algunos brilla.
¿Y si despertara miedo en la gente, o sólo asco, o sólo compasión?
¿Y si hubiera nacido no en la tribu debida y se cerraran ante mí los caminos?
El destino, hasta ahora, ha sido benévolo conmigo.
Pudo no haberme sido dado recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado de la tendencia a comparar.
Pude haber
sido yo misma, pero sin que me sorprendiera, lo que habría significado ser
alguien completamente diferente.
...............
Algo que admiro y envidio en la gente creativa es el surtido de ejemplos que logran evocar a la hora de expresar una sensación concreta. La parte de este poema que más desearía haber escrito yo es: “Alguien mucho menos feliz, criado para un abrigo de pieles o para una mesa navideña, algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.”
Como creo que la traducción rompe el ritmo y la rima, he juntado las frases donde los cortes me parecían no tener sentido y dificultar su lectura. Podéis deducir que no tengo alma: haría lo mismo con poemas de Lorca.
Esta
semana vi un clásico brutal: 12 hombres
sin piedad (Sidney Lumet, 1957), tercera clasificada en el top histórico de
Filmaffinity tras El padrinoI y II.
En ella se
nos muestra la reunión en la cual los miembros de un jurado deben decidir por
unanimidad si el acusado de parricidio es inocente o culpable, lo cual le
enviaría a la silla eléctrica. Tras el juicio, tan solo uno de ellos tiene
dudas sobre la culpabilidad del chico. Algunos únicamente desean terminar lo más
pronto posible para poder regresar a sus propios asuntos. La peli entera es una
intensa discusión, sin salir de una misma habitación, como en La soga (1948) de Hitchcock, pero mejor
todavía, ya que en La soga se juega
con tres o cuatro personajes principales (hace mucho tiempo que la vi) y en 12 hombres sin piedad se maneja 12
protagonistas perfectamente caracterizados.
Lo de no
salir de una misma habitación en toda la peli nos podría remitir también a El ángel exterminador (1962) de Buñuel.
Pero en este caso se trata de una obra más fantástica, muy al estilo de los
cuentos de Julio Cortázar.
Anoche la
comentaba con el más cinéfilo de mis amigos. Le dije que el guión me parecía
prácticamente tan impresionante como el de Her
(Spike Jonze, 2013). Raúl respondió que más todavía. “12 hombres ha superado la prueba del tiempo. Trata problemas que 57
años después siguen existiendo y mantiene vigente su prestigio. Hay que ver si Her se mantiene tan alta dentro de
medio siglo. Aborda una realidad muy de ahora, vinculada a la manera como usamos
hoy una tecnología que no deja de cambiar.”
Ese punto
de vista no me acaba de convencer. A largo plazo, dentro de 500 años, las
realidades retratadas en ambas pelis pueden ser igual de arcaicas. Hace décadas
se pensaba en futuros conflictos entre hombres y máquinas inteligentes. Hoy en
día se piensa más en que las máquinas seremos nosotros, que cada vez nos
incorporamos más implantes. Ahora son brazos biónicos para gente amputada,
dosificadores de insulina para diabéticos, marcapasos… Quizá en unos años nos
implantemos discos duros en el cerebro para aumentar nuestra memoria, o
cualquier cosa. Quizá, tal como seamos cada vez más híbridos, hombres-máquina
con mejores cerebros, nuestra manera de gestionar los sentimientos sea menos
subjetiva y emotiva, menos visceral y más razonada, y las situaciones que
retrata todo el arte actual queden desfasadas.
Home (Edward Sharpe & The Magnetic Zeros, 2009):
All that we perceive (Thievery Corporation, 2002):
Everything that's real and
everything unrealized
All infinity starts falling from your eyes
We are fluid dreams, vivid memories
All uncertainty leads to eternity
All that we perceive in every
mystery
Who are we? What we see? Oh, I can't comprehend
Who are we? What we see? Whoa, I can't comprehend
Illuminating love falls from the
skies
To water the illusions in our eyes
All that we desire is all we fear
All our aspirations grow unclear
We feel endlessly, beyond all gravity
Who are we? What we see? Oh, I can't comprehend
Como cada martes y jueves, hacia las siete de la tarde, acudí
a entrenar con gente de los distintos equipos que integran la liga de fútbol
sala de mi pueblo. Pero ese día encontramos la puerta de las pistas cerrada con
cadena y candado. Despreocupadamente, saltamos la valla, como toda la vida
hemos hecho cada vez que encontrábamos las pistas cerradas. A los cinco minutos
de haber empezado a jugar, un policía se asomó a la ventana de la “Casa de
ferro”, y nos instó a abandonar las instalaciones. Discutimos un rato y el
policía bajó acompañado por una colega suya. El argumento era que “Si está
cerrado no podéis entrar”. Les respondíamos que lo tenían fácil: “Ché, abrid la
puerta y se acabó el problema”.
Entonces apareció el Coordinador de deportes, un tipo todavía
joven, de entre 35 y 40, pero repelente. Perdimos una valiosa media hora de luz
solar discutiendo a la entrada de las pistas. Resultó que nadie podía usar ese
día las instalaciones porque “estoy de huelga”. Sí, amigos, era el 29 de marzo de
2012, huelga general. El coordinador estaba de huelga, lo cual significaba que
nadie, en un pueblo de casi 8.000 habitantes, podía practicar deporte.
-Por mucho que quieras comprar en domingo, no vas al
Mercadona y entras a la fuerza si está cerrado- nos decía con toda su
desfachatez.
-El Mercadona es una empresa privada, Pau. En cambio, las
instalaciones polideportivas son de todos, se construyeron con dinero público.
No tienes ningún derecho a cerrarlas cuando te colore.
Terminamos yendo en coches y motos a uno de esos pueblos
próximos que no llegan a mil habitantes, y donde las pistas no se cierran
nunca, quizá porque no tienen puerta. Fuimos niños en los 80 y adolescentes en
los 90, y nunca nos echaron encima a la policía por haber saltado la valla para
jugar a futbito. ¿Tanto ha crecido Muro y tanto ha cambiado España para que
todo se vuelva tan antinatural? ¿Para que el crimen sea usar unas pistas que
están muriéndose de risa?
En esas discusiones no te vienen a la mente todos los
argumentos que después quisieras haber usado, y también hay cosas que,
sencillamente, no vas a decir, porque tus interlocutores no sabrían de qué
hablas. Me venía a la mente un párrafo escrito hace casi un siglo, y la
sensación de que, en algunas cosas, el mundo no evoluciona.
“construyen un parque de diversiones infantiles con el fin de
convencerse de que son filántropos y luego imponen tantas regulaciones para su
disfrute que ningún niño disfrutará allí como en la calle. Hacen cuanto pueden
para impedir que los teatros y lugares de recreo estén abiertos los domingos,
porque es el día en que de verdad se pueden utilizar.”
(Bertrand Russell – Gente bien, 1931)
Y la de veces que he visto las pistas de Muro cerradas en tardes de domingo.
Música: "The bull" (Mike Theodore Orchestra, 1977)
Algún día he de asistir a uno de estos eventos.
Nuestro pub mítico de Alcoi, el Hobby, cerró hace tres años, debido a la crisis. En su mejor época, allá por el primer lustro del nuevo siglo, algunos viernes llegaban batoieros, despejaban de vidrios el suelo junto a la cabina del Dj, y se ponían a bailar break dance (B-boying), entre un círculo de gente. Era el tipo de frikadas totalmente espontáneas, no preparadas, que tenían lugar en el Hobby cada noche. A cada uno le daba por hacer sus propias chorradas. Yo solía levantar por sorpresa a mis amigos a la giganta. Llegaba por detrás y, cuando se daban cuenta, estaban sentados a un metro setenta de altura. Lo tenía tan práctico que ni empleaba las manos. A veces no les bajaba en más de cinco minutos. Les iba llevando de un lado a otro. Me quedaba charlando tan normal con alguien, llevando una persona por sombrero. Uno de ellos, ya aburrido, decidió apoyar los pies en el posavasos de la pared y saltar. Menos mal que era temprano y no encontró vidrios en el suelo. Te podías encontrar gente sentada jugando a cartas junto a la puerta, o tipos con los taburetes en la cabeza, simulando una pelea de ciervos. Un tío, de día empleado de banca, solía agarrarse a una rendija del extractor de humos, en un desnivel del techo, y quedarse colgando cabeza abajo a lo Spiderman. Kusturica hubiese aprovechado anécdotas de ese lugar.
La gente que llevaba el pub llegó a hacer fotos de todos los habituales parroquianos durante varias noches, y forraron las barras con las mejores fotos. Al ser el único pub musicalmente alternativo de la zona, el ambiente resultaba más abierto que en otros locales. Nos sentíamos parte de una minoría con gustos no convencionales, sobretodo en música. Decíamos que el Hobby era nuestra segunda familia. Era muy raro que hubiese allí alguna pelea o te robasen la chaqueta. Sólo podía suceder en noches señaladas como Nochebuena o el Medio año de Fiestas, cuando había muchos no habituales. El resto del año podías dejar tus cosas en cualquier parte del pub y olvidarlas toda la noche.
Me encantaba observar las acrobacias de l@s B-boys y B-girls en primera fila. Todavía tengo en el alma la mirada de cierta chica desde enfrente, al otro lado del círculo, mientras seguíamos con nuestros cuerpos el compás de la música.
Encuentra las siete posesiones demoníacas.
Un pequeño extracto de lo que éramos la fauna del Hobby en 2002.
.....................
Tras
varios visionados, y sin ser para nada un entendido en la materia, la impresión que me da
es que Cloud no tenía posibilidad de ganar. Lilou es más bajito, lo que le
confiere un mejor centro de gravedad para realizar ese tipo de acrobacias que
rozan lo imposible. ....................
Colomer en el albergue de Pasai Donibane, al atardecer.
Cuando más
he disfrutado llevando una vida ordenada sin considerarlo algo contrario al hedonismo
fue durante el Camino.
Cada día
me levantaba con los primeros, allá a las 06:15. Recogía mis cosas en silencio,
tratando de no despertar a nadie, las sacaba a la entrada del albergue,
desayunaba allí un plátano o una zanahoria, junto a otros, entraba para despertar
a Colomer hacia las 06:30, comprobaba bien que no había dejado nada mío por
allí, y hacia las siete en punto arrancábamos un grupo de unos veinte “peregrinos”.
Recorríamos
la etapa antes de la hora de comer, llegando al destino entre la una y las tres
del mediodía. Comíamos de menú en algún bar, con vino y casera. De este modo,
siempre encontrábamos sitio en el siguiente albergue, y disponíamos de toda la
tarde para lavar y tender la ropa, defecar, ducharnos, visitar los rincones
interesantes del lugar, nadar en la playa, o emborracharnos si el pueblo estaba
en fiestas, algo que sucedía muy a menudo, pues el verano en la cornisa
cantábrica es corto.
Saliendo de Pobeña. Colomer consiguió llegar a Castro, pese al esguince de tobillo que arrastraba. Por ello, en las dos últimas horas de cada etapa, nos quedábamos siempre rezagados respecto al "pelotón".
Me lavaba
los dientes un par de veces diarias, cosa que a veces en casa me da pereza,
pero allí me apetecía. Es igual que cuando no eres capaz de estudiar en la
soledad de tu casa, pero sí en una biblioteca llena de gente, donde no quieres
ser, ni parecer, el más irresponsable. Cada tarde buscaba una frutería y compraba
algo, especialmente para desayunar algo sano el día siguiente.
El tiempo
parecía pasar muy despacio, pues cada día estaba repleto de distintas
situaciones agradables que recordar. Lugares pintorescos, charlas espontáneas
con gente hasta entonces desconocida o poco conocida, anécdotas, pequeñas
aventurillas, fiestas, ligeros percances que in situ parecieron dramáticos…
La primera mañana, en Hondarribia, nos equivocamos de montaña. Atravesamos toda la parte de playa hasta el final, y por allí subimos. Nos costó luego varias horas encontrar un camino que llegase al santuario de Guadalupe, adonde llegamos a la una y media del mediodía. Debimos haber perdido unas cuatro horas. En la foto estoy desesperado. Son las tres de la tarde, y todavía no hemos perdido de vista Irún, donde nos habíamos apeado del autobús a las 07:30. Lo peor es que al llegar había notado que las zapatillas nuevas no me entraban bien. Eran de mi talla, pero la punta me apretaba demasiado. Quizá no lo había notado antes porque no llevaba una mochila cargada. Así que empecé la etapa con unas zapatillas de futbito cuya suela era como papel de fumar. Ese día dormimos en Pasaia, y al segundo día, ya en Donostia-San Sebastián, pude comprar otras zapatillas. Pero ya no me iba a librar de las ampollas.
Recordabas
sucesos acontecidos dos o tres días atrás como si hubiesen transcurrido varias
semanas, con gente entonces nueva, y que ahora eran grandes colegas, al lado de
los cuales habías hecho decenas de kilómetros y conversaciones de toda clase.
Parte del grupo más madrugador, que solía empezar a caminar a las siete de la mañana. Si no recuerdo mal, estamos en Larrabetzu, tras almorzar sabrosos pintxos allí mismo.
Recuerdo
salir de Zarautz por el paseo entre mar y carretera, en dirección a Getaria,
empezando a rayar el alba, y detenernos a mirar atrás, hacia las diversas
cadenas montañosas cuyos extremos se hundían en las aguas, y reconocer apenas,
forzando la vista, sobre el más lejano de aquellos montes, la torreta del
Igeldo, y pensar, “Sólo hace 24 horas estábamos subiendo la otra parte de esa
remota montaña, saliendo de Donostia-San Sebastián, y todavía no habíamos
entablado relación con nadie, y ahora mismo ya es como si a algunos los
conociésemos de hace mucho. Recorrimos distintas partes de la ruta junto a
distintas personas, y nada más entrar al pueblo, nos sentamos en un parque
junto a la iglesia y presenciamos una boda vasca, y por primera vez he nadado
en el Cantábrico, y anoche, al volver del bar donde cenamos, con vino en las
venas, encontramos de nuevo a gran parte de los compañeros de ruta en el jardín
del albergue, alrededor de uno que tocaba la guitarra y cantaba de categoría, y
vivimos un ambiente festivo que tratamos de alargar todo lo posible”.
Entre Pobeña y Castro, el noveno día. Debido a la mala situación del tobillo de Colomer, cogimos un atajo, siguiendo la poco transitada carretera rural junto al mar. Esto es un túnel entre Mioño y Castro, por la antigua vía del tren.
Minutos
antes, al abandonar el albergue todavía bajo las estrellas, nos habían llegado
insultos por parte de exaltados y reposantes turistas jóvenes, desde altos
balcones de apartamentos. Nos acusaban de ser tontos católicos, aunque creo que
ninguno de nosotros lo era. Hacíamos el Camino por deporte, por ver múltiples
paisajes, por viajar barato, por conocer gente, por cualquier motivo no religioso. Apenas había
dormido por culpa del silbido de mosquitos y el ronquido de algún peregrino, pero
me sentía lleno de energía.
Al subir a la montaña tras haber salido de Gernika, nos vimos envueltos en una hermosa niebla matinal.
Algunas
noches, cuando nos hallábamos en una localidad que celebraba sus fiestas, los
encargados del albergue nos permitían volver a las 24:30 en lugar de la hora
habitual de cierre, que eran las 22:00. Regresábamos tocadillos de bastante
vino y algo más, y me costaba dormirme. Y de madrugada, al sonarme el
despertador del móvil a las 06:15, me levantaba de un salto con toda la ilusión
del mundo, como si hubiese dormido nueve horas.
La
desesperación me partía el alma cuando me vi regresando en autobús desde Castro
Urdiales hacia Bilbao, donde por la noche debíamos coger otro autobús hacia
Valencia. Eran las once de la mañana, el único día que nos habíamos permitido
dormir hasta tarde. Lo que más deseaba del mundo era seguir con aquella rutina
de una etapa por día. Era increíble la cantidad de lugares y personas que
habíamos conocido bastante bien durante nueve días. Unos doscientos kilómetros
recorridos. Por mi memoria desfilaban imágenes y sensaciones diversas, todas
encantadoras. Sentía que mi estilo de vida ideal era ese. Una etapa por día,
durante meses. Hubiera llegado a Fisterra y empalmado con cualquier otro camino
imaginable, en cualquier parte del mundo. Dicen que hay uno similar en Japón, y
también se puede ir sobre la Muralla china…
El décimo día volvimos a Bilbao por la mañana, con idea de pasar por allí el día hasta las 22:30, hora de salida de nuestro Bilmanbus en dirección a Valencia. Sin esperarlo, nos encontramos que era el primer día del Aste Nagusia, un fiestorro brutal por el casco viejo.
Quien pase por Donostia-San Sebastián, y quiera probar a recorrer algún tramo del Camino: Entre Pasajes y Donostia hay una preciosa senda que transcurre por la montaña con el mar al lado, y puede durar un par de horas, aproximadamente. Si pasáis por allí, no perdáis la ocasión de hacer un rato de senderismo ligero.
La senda que va desde Pasajes hacia Donostia, por el monte Ulía.
Abajo, el final de este mismo tramo. Llegando a Donostia.