miércoles, 13 de julio de 2016

Algunas escapadas a la montaña

La cueva a la salida del "Forat" de Bernia. En la cara sur (o parte de solana) de la montaña. Debe estar a unos 850-900 metros sobre el mar (no lo sé exactamente). El pico está a 1.128.

Estas son algunas de las fotos que hemos ido sacando estos últimos años durante nuestras escapadas a la montaña en la provincia de Alicante. La excursión más espectacular, para mí, es la ruta circular de la sierra de Bernia, que toca perpendicularmente el mar. Puedes atravesar la cresta por un estrecho túnel cortito desde la parte de umbría hasta la parte de solana, a la que sales por una cueva con vistas impresionantes de Altea, Benidorm, y, a lo lejos, Alicante.

En el fuerte de Bernia, preguntándole a Oscar cuál de las montañas de enfrente era el Puig Campana. 

Por proximidad, las dos sierras que solemos visitar más a menudo son Mariola, donde reina el pico del Moncabrer, y Benicadell.

La parte de umbría (cara norte) del Benicadell (1.104 m).

La experiencia más emocionante fue un vivac en Benicadell hace tres veranos, en junio. Subimos por la tarde, cenamos con sangría, mistela y buena música, dormimos allí unas pocas horas, cerca de la cima, y subimos a lo más alto para ver amanecer entre la niebla.



Parte sur del Benicadell.

Antes de amanecer, en el pico del Benicadell. 14 de junio de 2013.
Amaneciendo en el Benicadell.

Cava de Don Miguel, en la parte de la sierra de Mariola que da a Alfafara. Uno de los neveros donde almacenaban nieve en invierno para disponer de hielo en verano (los señoritos de la zona).


Me faltan buenas fotos del Moncabrer, cuyo pico está a 1.390 m de altitud. Es una zona en la cual puedes encontrar cavas (neveros), un par de ellas muy grandes (la cava gran y la de Don Miguel). Las que he visto en el Benicadell son bastante más peques. De adolescentes, en pascua solíamos quedarnos a dormir en el refugio, subiendo por Agres. Actualmente está cerrado.

Miquel posando para Da Vinci en la Forata, en la sierra de Aitana.


En pascua, estos últimos años, hemos visitado el Penyó d’Ifach, en Calpe. Una ruta cortita.

Altea y parte norte de Benidorm desde el Puig Campana (1.410 m). A la parte izquierda (norte) de la foto, ves donde la sierra de Bernia toca el mar.

Las últimas que hice son Aitana (1.558 m) y el Puig Campana (1.410 m). Más espectacular la segunda, que está casi junto al mar.

Benidorm desde el Puig Campana.



Tampoco tengo las fotos del Barranc de l’Infern, en la Vall de Laguar, la ruta de senderismo que más me ha fatigado. No por excesivamente larga, sino porque el último tercio del trayecto ibas pisando piedras sueltas todo el rato.

Barranc del Cint, en Alcoy.





lunes, 4 de julio de 2016

De camino hacia el arco iris



Hace dos mil años, había unos 200 millones de personas en el mundo.
Hace mil años, había 310 millones.
Hacia el 1800, la población mundial alcanzó la cifra de 1.000 millones.
Dicen que las, aproximadamente, 250 guerras y genocidios del siglo XX costaron unos 187 millones de vidas. No sé quién calcula esto, pero será aproximado. La mal llamada Gripe española (de origen estadounidense), justo al acabar la Primera Guerra Mundial, también causó entre 50 y 100 millones de bajas en todo el mundo.
Y pese a todo ello y más, en el año 2000 ya éramos 6.000 millones de seres humanos.
En 2011 se llegó a 7.000 millones. Dicen que ahora somos 7.400 millones. Visto lo cual, parece haberse ralentizado un poco ese alocado incremento. Pero sigue siendo un crecimiento de pandemia. Nos estamos cargando ecosistemas a un ritmo brutal. Cada vez más gente contaminando y necesitando alimento.

Pienso en estas cifras especialmente cuando escucho el típico comentario homófobo de “Si todos fuéramos gays, la humanidad se extinguiría”. Tengo un amigo bastante corto que es de los que hablan así. Y no se puede ser más tonto que quien busca el problema en el lado contrario de donde se encuentra. Hablar de peligro de extinción en un mundo cuyo problema más acuciante es la superpoblación. Es flipante.

Intento ser comprensivo, pensando que lo dice porque no se le ocurre otra cosa, y de algo ha de hablar, aunque es alguien que no tiene maldad. Yo también he dicho un montón de tonterías por ese motivo. Y acaba repitiendo los mantras de su entorno. Tele, familia, compañeros de trabajo en la obra… Igual que frases homófobas, repite frases machistas, aunque las chicas suelen tomárselo a broma porque reconocen que no tiene mala intención, simplemente pocas luces.

Otro argumento contra los gays es el de “Esto no es natural. El hombre es el único animal que hace esas cosas”. Pura ignorancia. Se han documentado comportamientos homosexuales en más de 1.500 especies animales. Bisontes, delfines, bonobos, elefantes, leones, jirafas, patos, gaviotas, buitres, pingüinos, lagartijas, libélulas, moscas… Quizá es lo más normal del mundo que un pequeño porcentaje de cada especie lo sea. Quizá el 10% del total de seres vivos del planeta. Y el hombre es un animal más. Ni más ni menos.

Lo incomprensible es que, incluso siendo partidario de la igualdad de derechos entre todo tipo de personas, me incomoda ver a dos tíos besándose. Como si a mí me fueran a acusar de gay por estar viéndolo. Es un rechazo heredado de esa fobia colectiva. No puede ser natural. Una de mis pelis preferidas es lésbica, La vida de Adèle. En cambio, no me apetece nunca ponerme a ver la peli gay Brokeback mountain, pese a haber estado nominada en los Oscar. Mi comportamiento respecto a esto no es lógico.

En un par de ocasiones fui acusado de ser gay. La primera, hace unos 11 años. Antes de un partido, estaba entrenando a chutar con el portero del equipo. Todavía no habían llegado los demás, y se puso a insistirme en “Sé que eres gay y no hay nada malo en ello, puedes reconocerlo”. No me pareció mal que me lo dijera así, en privado, pero no había manera de que creyera en mi “inocencia”, así que dejé de responder.

La segunda situación fue realmente embarazosa. En nochevieja, en Alcoy, hay una pequeña minoría de gente que se disfraza. Hace 6 o 7 años, yo poseía un genial disfraz de “pepino adulto” que combinaba con una peluca rubia, y decidí salir así. A las diez de la mañana, en la plaza de pubs todavía llena de gente, entramos al local de comida rápida, de cuyo dueño de entonces se rumorea que trapicheaba. Allí se encontraba la tonta buenorra de mi pueblo, junto a un gorila de gimnasio con aspecto de pasado de coca, que me miraba como malhumorado y desafiante. Ella se dirigió a mí con la cantinela: “Sé que eres gay, confiésalo. No pasa nada. No hay nada malo. Reconócelo.” Estábamos rodeados por unas 30 personas que lo oían todo perfectamente, la mayoría tíos bakalas muy colocados, muchos de ellos homófobos hasta el tuétano, con toda seguridad. Llámame paranoico, pero esas situaciones me asustan. Nunca me han gustado los ambientes de discoteca. Soy de pub. Al principio negaba sus acusaciones, luego dejé de responder y me largué a otra parte.

Quizá no debería darle la más mínima importancia a esas situaciones. Pero molesta ser acusado de algo que no eres, aunque no veas nada malo en ello.

Lo curioso es que, al parecer, ninguno de los tres tenemos nada contra la homosexualidad, pero decimos que lo vemos como algo normal, mientras nuestro modo de actuar indica todo lo contrario.

La sociedad no estará siendo respetuosa con todas las tendencias sexuales mientras todavía expresemos nuestra tolerancia de esas maneras tan extrañas, tan forzadas. Eso indica que todavía no se ha educado suficientemente a la sociedad para que acepte la diversidad como algo realmente normal.



sábado, 2 de julio de 2016

Mis grupos preferidos

01 THE BEATLES





Mi canción preferida, desde pequeño, siempre ha sido Here comes the sun. Otras que también encuentro brutales son Strawberry fields forever, While my guitar gently weeps, Tomorrow never knows, Penny Lane, A day in the life, Day tripper, Ballad of John and Yoko, Nowhere man, In my life, Norwegian wood, Ticket to ride, I’ve just seen a face, I’ll follow the sun, You never give me your money, etc…

Su mejor disco, y el mejor en la historia del pop-rock, es el último que grabaron y el penúltimo que salió al mercado, Abbey Road, de 1969. On the other hand, su peor disco es el segundo, With The Beatles (1963), absolutamente infumable.

1965 fue el año de transición, desde un estilo de canciones románticas de radiofórmula de tres minutos, hacia un estilo de canciones más largas y experimentales que combinaban todo tipo de elementos, con una variedad no igualada por ninguna otra banda de música moderna. Los discos del cambio son Help!, donde empiezan a componer con mayor profundidad y variando la temática de las letras, y Rubber soul, en el cual empiezan a introducir otros instrumentos no poperos, clásicos e incluso orientales. En 1966 dejan de dar conciertos, por dos motivos principales: la variedad de instrumentos, loops y otros efectos de sonido psicodélicos que conseguían en sus grabaciones era imposible de reproducir sobre un escenario, y además estaban hartos del griterío constante de las fans, que no les permitía saber si estaban tocando bien o mal. No se escuchaban.


02 LED ZEPPELIN



Indiscutiblemente, Stairway to heaven es la mejor canción en la historia de la música moderna. Bueno, quizá Bohemian rhapsody, de Queen, le haga competencia.

Debutaron con dos discos en 1969 y se convirtieron en los inmediatos sucesores de The Beatles como “banda más grande del mundo”.  Mis discos preferidos son el quinto, Houses of the holy (1973), el tercero, Led Zeppelin III (1970) y el cuarto, Led Zeppelin IV (1971).

Son los inventores del hard rock, y su líder fue el segundo mejor guitarrista de la historia del rock, Jimmy Page, solo superado por Hendrix. Es de las pocas bandas de virtuosos que han funcionado bien como conjunto a la hora de componer. Page mezclaba en su estilo el folk, blues y rock, con afinaciones alternativas y escalas árabes, celtas e indias. Impresionan sus “bordados de sobregrabaciones”, canciones con distintas pistas de guitarra superpuestas, a lo que hay que añadir el tremendo virtuosismo de sus solos.

Destacaría también Over the hills and far away, Kashmir, Friends-Celebration day, Going to California, Ten years gone, The rain song, The song remains the same, Achilles’ last stand, Ramble on, Since I’ve been loving you, No quarter, That’s the way, Tangerine, etc..


03 PINK FLOYD



Dark side of the Moon (1973), es hasta hoy el único disco que puede discutir el primer puesto histórico a Abbey Road, aunque los hipsters también ponen a su altura el Ok Computer de Radiohead.

Otros discos imprescindibles son Wish you were here (1975) y The Wall (1979).

Los temas más destacables son Time, Money, Comfortably numb, Shine on you crazy diamond, Another brick on the Wall parts 1 & 2, Any color you like, Breathe, etc…


04 JIMI HENDRIX



Su tercer disco, Electric Ladyland, de 1968, es otro de los que integrarían un top 5. Concretamente la segunda mitad del disco, donde se suceden los brutales cortes Burning of the midnight lamp, Rainy day, dream away, 1983, Still raining, still dreaming, All along the watchtower y Voodoo child, entre otras. La libertad creativa que había logrado de cara a ese tercer disco supuso su eclosión. Es en esa segunda mitad de Electric Ladyland donde percibes a un genio desatado, con permiso para hacer todo lo que se le ocurra.

De anteriores trabajos, cabe destacar Little wing y Third Stone from the Sun.

Hendrix murió joven, a los 27. No había terminado el cuarto disco. La prensa creó la leyenda, todavía persistente, de una muerte por drogas, cuando en realidad fue de otro modo. Mala suerte. Indigestión de somníferos, y muerte en la ambulancia al ahogarse en su propio vómito por tener la cabeza echada hacia atrás.


05 METALLICA



Los inventores del thrash metal. Discos especiales tienen 3: Master of puppets (1986), And justice for all (1988) y el Black album o simplemente Metallica (1991).

Mi tema preferido es One, y a veces Welcome home (sanitarium), pero también hay que destacar Orion, Master of puppets, Fade to black, My friend of misery, Eye of the beholder, The unforgiven, Enter sandman, y la conocidísima balada Nothing else matters.


06 GUNS N’ ROSES





La esencia del rock duro está en temas como Estranged, que a veces es mi canción preferida, You could be mine, November rain, Don’t cry, Civil war, Welcome to the jungle, Locomotive, Live and let die, Patience o Knockin’ on heaven’s door.

Todavía me cuesta creer que, en mi adolescencia, pudiese llegar a ver por televisión el brutal vídeo de Estranged. Llegar a conocer por medio de Los 40 Principales un tema de casi 10 minutos, con largas secciones instrumentales. Cuando en las versiones editadas de canciones rockeras que suenan en las radios, suele haber vomitivos cortes y empalmes para eliminar casi todo lo instrumental. Muy raro que un tema así se les colara.

Lo más espectacular son los dos discos dobles Use your illusion 1 & 2, ambos de 1991, irregulares pero con un montón de temazos, aunque también es brutal el Appetite for destruction (1987), y mola el GNR Lies (1988).

Con una poda de Use your illusion, dejándolo en un solo disco de 12 o 13 temas, sería un trabajo más redondo que Ok Computer, al que se suele aludir como el disco emblemático de los 90. Su problema de cara a ser visto como uno de los mejores discos de todos los tiempos son los altibajos, al haber tantas canciones.


07 RADIOHEAD



La banda indie rock por excelencia.

Mis preferidas son Let down y Permanent daylight, un tema que hicieron al estilo de Sonic Youth, a modo de homenaje, y superando el nivel de cualquier canción del grupo homenajeado. Las que más han sonado en pubs son Creep y Idioteque. La más prestigiosa es Paranoid Android. Otras favoritas del público son Karma police y No surprises. Además, me parecen brutales Subterranean homesick alien, Lotus flower, Blow out, Black star, Street spirit, In limbo, Jigsaw falling into place, Weird fishes arpeggi, Anyone can play guitar, There there y I might be wrong.

El disco más importante es Ok Computer (1997), seguido por In rainbows (2007) y su debut Pablo Honey (1993).


08 RED HOT CHILI PEPPERS




Personalmente, me atraen más que Radiohead. Son divertidos. De otras bandas de funk-rock como Rage Against The Machine o Incubus me gustan pocos temas, pero de Red Hot hay mucho material que me encanta.

Mi preferida es Parallel universe, y también destacaría Under the bridge, Can’t stop, Cabron, Scar tissue, Give it away, This velvet glove, Higher ground, Stadium Arcadium, Easily, Tearjorker, Shallow be thy game, Venice queen, Minor thing, Dosed, Tell me baby, Aeroplane, Snow, …



09 Imposible elegir entre Muse, The Strokes, AC/DC, Iron Maiden, Deep Purple, Santana, Simon & Garfunkel, Extremoduro

jueves, 26 de mayo de 2016

Bromear



Lo que más me fastidia es que jamás se me ocurriría una idea como la de esta elegante escultura, aunque parezca sencilla.

Siempre me ha parecido que la creatividad artística y la humorística son la misma. Es capacidad asociativa y fluidez mental.

Al levantarnos tras una noche de fiesta, sonaba una orquesta oriental en la radio. Oscar opinó que estaban interpretando -… El turbante de tres picos-. Sin tiempo de pensar, Raúl respondía: -El cascadátiles.

Durante la adolescencia, me resultaba extremadamente complicado seguir sus razonamientos. Empalmaban las paridas demasiado rápido para que mi cerebro las procesara. No sólo ellos dos, sino, más o menos acertadamente, casi todo el mundo. Yo tendía a desconectar de las conversaciones, tratando de memorizar fragmentos que me habían impresionado especialmente, para anotarlos en cuanto llegase a casa. Nunca llegaré a tener esa capacidad asociativa, ni esa coordinación entre la idea y la palabra.

En el recreo del instituto, Esteban le espetaba a Juanjo: -Yo de eso sé el doble que tú-, y antes de que terminase de decirlo, Raúl ya estaba respondiendo: -El doble de cero es cero.

Al juntarse unos cuantos así, me sentía ridículamente incapaz de participar en las conversaciones. Todo giraba demasiado rápido. Y se me exigía que hablase, como cualquier otro. Era algo traumático.

No siempre improvisan. Cada cual ha tenido, en cada época, sus frases comodín. Una de las de Jordi, para cuando algo no sale bien, es: -No pasa nada, son cosas del directo -. Si cae un vaso y moja el contenido de los platos, o el coche no arranca, o la perra muerde el balón y lo pincha, no pasa nada, son cosas del directo. Lo dice sonriendo y queda genial. Otro, no sabiendo qué decir, soltaría algún taco y quedaría feo, aun prefiriendo haber dicho algo de buen rollo que distendiera la situación. Pero, incluso habituado a escuchar este tipo de frases, no suelo tener la agilidad para recordarlas en el momento preciso.

En un buffet libre, regreso a la mesa con un flan y una gelatina. Raúl afirma que no conozco la conjunción “o”. A los 2 o 3 segundos, consigo articular las piezas de una respuesta quizá adecuada: -Mi operación preferida es la suma-, y no llego a decirla porque ya han cambiado de tema. Al salir del restaurante, mientras Raúl incluye cada frase en una melodía facililla porque está de muy buen humor, Ana, cogida de su mano, comenta que –Somos lo que comemos-, y él responde. –Sí, ahora mismo soy un cerdo agridulce, bastante amargo.

Con 15 años, Sergio había inventado un nombre para nuestro equipo de futbito que me parecía genial: La Rabia Saudí.

O cuando, trabajando con Salva, cambié de emisora y sonaba “Sin ti no soy nada” de Amaral. –¡Qué poca autonomía tiene la pobre chica!- Me partí de risa. La letra me parecía cursi, pero nunca hubiese pensado en la palabra “autonomía”. O, si vemos por el almacén una de esas arañas de cuerpo menudo y patas muy largas: -A partir de ese tamaño, yo ya les hablo de usted.

Si alguien está de mal rollo, bromeando se deshincha el asunto. Por ejemplo, a un amigo algo corto (y madridista) que solía hablar siempre de fútbol y quejarse crónicamente de los arbitrajes, Oscar le respondía: -Es que no sabéis. Gastáis todo el dinero en fichajes y no dejáis nada para los de negro.- Y con ello se apagaba la polémica.

Y ese es mi mayor problema, que quitar hierro a los contratiempos no sea solamente cosa de actitud, sino de talento para dar, a tiempo, con la frase adecuada para bromear con lo que sucede. Me destroza esa falta de fluidez.


miércoles, 25 de mayo de 2016

Londres (del 6 al 11 de mayo, 2016)

Ya que estoy estudiando inglés, y también ha habido mucho trabajo desde que empezó el año, decidí aprovechar los días de fiestas de mi pueblo, a principios de mayo, en temporada baja, para visitar Londres.

British Museum. Lo mejor del viaje.

Antes de llegar, todos los que han estado allí me decían que me encantaría el ambiente variopinto y multiétnico de sus calles, muy vivas, a diferencia de la fría París. Es cierto. La gente me ha parecido generalmente muy amable. Seguramente es, junto a (o tras) Amsterdam, la ciudad más cosmopolita de Europa. También es en la que más museos puedes encontrar (y casi todos de entrada gratuita, entre ellos los principales), y la que posee (dicen) la red de metro más extensa y eficiente del mundo.

El viernes 6 cogí un avión desde Valencia hacia las 11 de la mañana, y llegué al pequeño aeropuerto de Stansted casi a la una, hora local y de Canarias. Cogí un autobús National Express A7 hasta la estación de Waterloo, cerca de la cual se encontraba mi albergue, adonde llegué hacia las 3 y media, habiendo comido un bocata en el bus.


Una vez instalado, decidí seguir la recomendación de la gente del albergue y caminar por la ribera sur del Támesis desde el Westminster bridge hacia el este. Lo primero que pasas es el London Eye, y un rato después la Tate Modern. Durante el trayecto llama la atención, al otro lado del río, la gran cúpula de St. Paul’s Cathedral.

St. Dunstan in the East.

Crucé el río por el London bridge y llegué hasta St. Dunstan in the East, una pequeña iglesia gótica que fue destruida primero por el Gran incendio de 1666, y luego por los bombardeos nazis de 1941. En los 60 decidieron convertir sus ruinas en un espacio ajardinado público, que se utiliza a veces para escenario cinematográfico. Una solución hermosa y barata, en vez de reconstruir un templo más.

Volviendo hacia la zona de St. Paul’s Cathedral, compré sushi y busqué un parque donde cenar (serían las 6 o 7 de la tarde). Luego vi la catedral por fuera y crucé un puente para llegar a la Tate Modern.

St. Paul's Cathedral desde el balcón de la tercera planta de la Tate Modern.

Lo mejor de la Tate son las vistas. Una alternativa a gastar 20 libras subiendo a una cabina del London Eye. Hice algunas fotos desde el balcón de la tercera planta, y recuperé fuerzas tomando una pinta de sidra en el bar de la sexta planta, encarado al río. Un lugar perfecto para relajarte. Hay alguna sala interesante, con un cuadro de Dalí y uno de Picasso, entre otros también merecedores de verse, pero en general no esperes gran cosa expuesta allí. La mayoría de sus obras son de baja calidad.

Ya de noche, compré algo más de sushi y fui a comerlo por la entrada de St. James’s Park, y a dar una vuelta por los monumentales edificios de Westminster y la zona de Piccadilly y Trafalgar Square.

El clima era estival. Ola de calor. En manga corta de noche. Más buen tiempo que en casa. Ya me había sucedido al visitar Edimburgo en pascua de 2007. Tronadas por Valencia y sol en Escocia. He tenido suerte con el clima en mis escasos viajes.

El sábado me levanté hacia las 7 y media para visitar el váter y la ducha. Las duchas eran malas. Una sólo sacaba el agua helada, y en la otra costaba un rato encontrar un término medio entre quemarte y congelarte. Era un albergue de los más baratos de la ciudad, con un trato excelente por parte del personal y una ubicación magnífica, y desayuno gratuito, y una boca de metro nada más cruzar la calle. Muchas cosas muy buenas, pero no descansabas bien. Estaba situado junto a una carretera muy ruidosa, y sonaba toda la noche como si los coches pasasen por en medio de la habitación.

St. James's Park.

A las 9 y poco estaba en la cola para entrar a Westminster Abbey. El interior es impresionante. Lo malo es que no puedes hacer fotos. Luego fui a comprar fruta y sushi por Piccadilly para comer en St. James’s Park. Recorrí el parque, chulísimo, y cogí un desvío erróneo en mi idea de llegar caminando al Natural History Museum, con lo que me metí por la zona pija de Belgravia y Brompton, cerca de Chelsea.

Interior del espectacular edificio que alberga el Natural History Museum.

Hice otro ratillo de cola para entrar al museo, donde estuve quizá tres horas. Espectaculares los esqueletos de dinosaurios y el edificio en sí, y muy buenas las pastas de la cafetería. También, subiendo las escaleras, encuentras una pequeña sala dedicada a los “tesoros”. Un fragmento del primer meteorito documentado que se vio caer en Gran Bretaña, un pedacito de roca lunar, la primera edición de “El origen de las especies”…

A la salida, me metí por primera vez en el metro y compré la Oyster card. Llevaba unas 24 horas en la ciudad, y hasta entonces había visto viable y preferible caminar a todas partes. Pero ahora debía llegar a Camden Town para pasar la tarde, acorde a mi planificación, y se me ajustaba el horario. Además, caminar ya empezaba a cansarme más de lo debido, porque había olvidado llevar correa y cada día se me caían más los pantalones. Cosas del directo.

La esclusa del canal en Camden Town.

Camden es una especie de pueblo-mercado, muy atractivo, y estaba abarrotado. No lo vi todo, pero me gustó. Tras un par de horas dando vueltas, compré algo de comida y fui a merendar junto a la esclusa del canal, viendo cómo se vaciaba y llenaba para dar paso a las embarcaciones. El ambiente era festivo y acogedor. Desde allí, fui a The Regent’s Park, que es enorme, y seguí el canal hasta Little Venice, adonde llegué ya de noche.

The Regent's Park.

Y luego caminé hasta la gran estación de Paddington, cuyo aspecto me decepcionó un poco porque esperaba algo más espectacular. Quizá de día luzca mejor. Es una estación construida en 1854. Yo me imaginaba encontrar algo tipo la Estació del Nord, de Valencia, sin caer en que esta es de 1917 y resulta mucho más bonita por ser de estilo modernista.

Y de ahí volví a casa en metro.

Uno de los leones alados asirios del British Museum.

El domingo fue mi mejor día. Tocaba el British Museum, uno de los 4 grandes museos del mundo (junto al Louvre-París, el Hermitage-San Petersburgo y el Metropolitan-Nueva York) y el clima seguía siendo estival. Puedes entrar al atrio una hora antes que al resto del museo. Allí, en sus tiendas, me tentaba todo, incluso las corbatas, prenda que siempre me ha atraído tanto como a los gatos la cebolla o a los vampiros el ajo.

Creo que este relieve pertenece a Nínive.

Las primeras salas que visité fueron las de escultura egipcia, donde nada más entrar te encuentras un montón de gente alrededor de la urna que contiene la piedra Rosetta. Junto a ellas, las de relieves asirios, con los leones alados. Paseando entre esas imágenes sacadas de las antiguas Nimrud y Nínive, sentía que era el momento más perfecto del viaje, un día para no tener prisas y disfrutar.

Cerámica griega de hace alrededor de 2400 años.

Muchos de los objetos espectaculares que hubiera querido fotografiar (principalmente en las zonas dedicadas a cerámica griega y romana y escultura india y china) están en urnas y en salas con iluminación buena para la vista e insuficiente para la cámara, lo que casi siempre imposibilitaba obtener fotos diáfanas, porque usar flash contra un cristal es todavía peor.

La santa compaña de China.

A mediodía salí para comer en algún bar. Probé el típico fish & chips, aunque sabía de antemano que era una comida cutre, pero una vez que estaba en tierras inglesas debía comprobarlo. Luego visité el mercado de Covent Garden y la pintoresca calle de Neal’s Yard. Y volví pronto al British Museum.

Shiva y Parvati, dioses con mucho roce, como es debido.

Subí a la parte de la antigua India y China. Y luego, a la otra zona egipcia. La del hombre de Gebelein. Y, como en todos los museos, no llegué a quedarme hasta la hora de cierre, porque acabas exhausto y durmiéndote de pie. Di una vuelta final por las tiendas del atrio y me compré una camiseta y un par de tazas.

Al salir, volví a Piccadilly para comprar la merienda y largarme hacia Kensington Gardens. Es el parque que más me gustó, aunque St. James’s también es brutal. Quizá porque el domingo estaba siendo el día más calmado. El día que me hinché a hacer fotos. Los parques son el antídoto ideal para el estrés. Son inmensos y contienen multitudes jugando con balones, paseando, sentados en grupo o pareja, o acostados. Y no ves ni un insecto que te pueda incordiar.

A punto de comer en Kensington Gardens, mi parque preferido.

Mientras anochecía, crucé Hyde Park para volver a casa. Y luego decidí coger el metro y acercarme al Tower Bridge. De allí volví caminando hasta la Tate, donde crucé al otro lado para ver la fachada del espectacular The Royal Courts of Justice. Y seguí caminando hasta el albergue, hecho un trapo. Una vez allí, pensaba acostarme, pero había concierto en el pub de abajo y me quedé un rato y me bebí mi primera cerveza inglesa. Soy más de sidra.

The Royal Courts of Justice. Pedazo de palacio.

El lunes me levanté un poco cansado, y quería hacer mil cosas para poder ir a Stonehenge el martes. Cogí el metro hasta Temple para fotografiar de día el Royal Courts of Justice, y estuve en St. Paul’s Cathedral un rato antes de que abriesen, esperando encontrar una gran cola, pero no la había. Anduve un par de horas por allí dentro, y salí algo fatigado tras haber subido y bajado un buen número de escalones hasta lo más alto de la cúpula.

Tower Bridge visto desde la Tower of London.

De ahí a la Tower of London, que es un castillo enorme, aunque no me produjo demasiada emoción. Un español está más que acostumbrado a ver castillos. Seguramente mi desdén de esos momentos tenía que ver con la sensación de ir a tener que visitar el váter pronto. Notaba el vientre descompuesto. Aunque también me parecía haber caído en la mayor “tourist trap” de la ciudad. 25 libras por entrar y otras 5 por una guía totalmente innecesaria.

Shri Swaminarayan Mandir. Al igual que en Westminster Abbey y St. Paul's Cathedral, no podías hacer fotos por dentro.

Volví al albergue para “imprimir”, cosa que no apetecía en los aseos del castillo, con gente haciendo cola, y esa sensación de insalubridad de los váteres en lugares tan concurridos. Y salí pronto para hacer un desplazamiento más largo de lo habitual en metro y visitar el templo hindú Shri Swaminarayan Mandir. Pasé algo de susto porque iba cabeceando. Estuve casi durmiendo en varias ocasiones, y temía encontrarme en una de esas sin mochila. Al llegar a Dollis Hill vi claramente el acierto enorme de haber cambiado de albergue, porque al principio había reservado uno en esa alejada zona, a 6 o 7 km del centro, y lo cambié la última semana. El barrio no daba sensación de seguridad, y las 2 – 3 horas que anduve por allí no me sentí nada tranquilo. El templo hindú no quedaba lejos del estadio de Wembley, al cual no me acerqué porque todavía planeaba entrar a la National Gallery, que cerraba a las 18:00.

Volví al centro desde Neasden tratando titánicamente de no dormirme en el metro, otra vez, y entré en la National Gallery a las 16:30 más o menos. No pude ver muchas salas, aunque era muy interesante. Por la parte que estuve, al azar, había cuadros de Murillo, Velázquez, Monet, Renoir, Seurat… pero físicamente era mi peor día. Estaba cayéndome de sueño. Tras haberme sentado en tres de las salas, decidí penosamente irme, media hora antes del cierre.

Westminster Palace & Big Ben.

Al salir, estaba lloviendo débilmente, y el agua me espabiló un poco. Me puse la capa impermeable, saqué la cámara y empecé a hacer fotos, primero en Trafalgar Square y, luego de una frugal comida en Green Park, continué haciendo fotos por Westminster. Tenía la sensación de estar viendo, al fin, el verdadero Londres, de cielo gris, con los reflejos luminosos sobre el pavimento mojado.

Más tarde, fui a la estación de Waterloo para ver dónde podía comprar el billete de autobús para regresar al aeropuerto la noche siguiente, y averiguar de dónde se cogía ese autobús. El A7. También quería saber cómo ir a Stonehenge. Me costó dos horas, preguntando a algunas personas y yendo de acá para allá, desesperado, poder enterarme de que el lugar que buscaba no era ni Waterloo ni la estación de autobuses de Victoria Station, que se encarga de los autobuses internos de la ciudad, sino la Victoria Coach Station, que resultó ser de donde salen los autobuses estatales. Llegué a las once de la noche, compré el billete para el regreso al aeropuerto, y me informaron de que era demasiado tarde para gestionar el tour guiado a Stonehenge. Que lo podría hacer a primera hora de la mañana.

El London Eye desde Westminster Bridge.

El martes a las siete salía preparado para una larga jornada lluviosa, con el impermeable puesto y la mochila colgada con todo lo necesario. Nada más detenerme al borde de la calle para cruzar hasta el cajero, un autobús que pasaba pisó un charco enorme y me dejó chorrando de rodillas para abajo. Acto seguido, el cajero automático me vio cara de tonto y se me tragó la tarjeta. Llamé al número que aparecía en pantalla, se puso una máquina y, para colmo, con todo el ruido de la calle no entendía ni papa. Llamé a mi banco y no lo cogían. Claro, la sucursal estaría cerrada por fiestas patronales.

Volví al albergue. Vi que me quedaba más dinero del que había pensado, y podía pasar el día. Me cambié de pantalones y zapatillas, y fui a Victoria Coach Station. Quedaba el tour guiado de medio día, por 47 libras. Salida a las 14:00 y regreso a las 20:00. Me pareció ideal. Todavía podría visitar alguna cosilla más antes de ir a Stonehenge.

St Pancras. No he visto Harry Potter. Dicen que es la estación de la peli.

Visité primero la estación de St. Pancras, muy bonita, neogótica de 1863 (y esa escultura de 9 metros en el interior es preciosa), y luego Leadenhall market. Comí muy bien en un pequeño bar oriental por esa zona, en King William Street.

En Stonehenge, la primera sensación al acercarte a las piedras es de no ser tan grandes como pensabas. Las verticales tendrán aproximadamente el doble de altura que una persona normal. Las fotos suelen engañar porque la gente que ves, en realidad, no está entre las piedras ni junto a ellas, sino a cierta distancia. Al menos a unos 5 metros en el punto donde más cerca se nos permite estar. Por razones de preservación, hace años que dejó de estar permitido tocarlas y pasear entre ellas.

Stonehenge. La prueba irrefutable de que, hace 4500 años, algunos constructores ya dejaban las obras a medias y se largaban con la pasta. No es una moda nueva.

El tour guiado de 6 horas se queda un pelín corto, porque cuatro horas las pasas yendo y viniendo en el autobús, y de las casi dos horas que estás allí, se te va la mayor parte del tiempo visitando el monumento y pasando por la tienda antes de entrar al centro de interpretación, que es realmente interesante y merecería un buen rato más.

Lo peor de Londres fue el regreso al aeropuerto. Como el avión salía a las 7 de la mañana, decidí llegar con antelación, por si las moscas. Mi autobús salía a las 2:30. Pero a la una nos encontramos con que la estación de autobuses cerraba y nos echaban a la calle. Había techo, pero si querías sentarte debía ser en el suelo, y no creo que hubiese sitio para todos. Había que dejar paso a los autobuses que partían. Era una noche lluviosa y algo fría, y había niños. No quiero pensar en la gente que deba coger un autobús de madrugada en noches de invierno, con mal tiempo de verdad.

Cogí el autobús sin una certeza absoluta de que fuese el mío, y no estuve tranquilo hasta que reconocí el aeropuerto. Luego, por allí, me moría de sueño. Tenía algunos libros en inglés. En Camden había comprado Drácula, de Bram Stoker, y La metamorfosis, de Kafka, pero leí poco. Al momento de sentarme en el avión estaba durmiendo. Creo que ni pude esperar a comprobar si despegábamos sin incidentes.

Mi padre me recogió en Valencia. Al llegar a casa, fui al banco para anular la tarjeta tragada por el cajero. Todo bien, excepto que me habían cobrado el dinero que había llegado a marcar para sacar y no había llegado a salir: 40 libras. Unos 66 euros. Así que la moraleja de este viaje es: puedes temer a gente de la calle, pero quien te acabará atracando normalmente son los bancos.

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PD:
1.- Al cabo de unos meses vi que me habían devuelto los 66 euros.
2.- Si hubiese tenido un día más, habría dedicado unas horas a visitar tranquilamente la National Gallery, y hubiera ido a ver la casa museo de Sigmund Freud, que queda algo lejos del centro. Quizá también, de paso, el cementerio Highgate, que está un poco más arriba. Y dar otra vuelta por Camden.
Además, se me quedaron por ver Borough market y Notting Hill.
3.- Si algún día vuelvo, he de visitar Oxford y Bath. Y he de probar una bebida llamada Pimm's, que según dicen es el equivalente inglés a nuestra sangría.


sábado, 6 de febrero de 2016

The maze (Vinnie Moore, 1999)

Compré el cd por catálogo en 1999 y me enamoré a la segunda o tercera escucha. Enseguida se convirtió en mi disco preferido y lo fue durante una década. No lo volví a ver en tiendas ni catálogos, nunca.

No es una música para todos los públicos. De hecho, no le gusta a casi nadie más que yo conozca. Para mis amigos, unos fans de Radiohead, Tame Impala y casi todo lo no mainstream, exceptuando generalmente el heavy metal, y los otros poperos, esta música resulta fría, demasiado técnica, sin alma. Pero en el último trimestre lo habré escuchado entero más de cien veces, y no me cansa. A mí lo que más me ha llegado siempre es Joe Satriani. Sé ver que hay cosas mucho más creativas, objetivamente, pero nada conecta tan profundamente con mi ser como su música. Me llega incluso más que Led Zeppelin, aun no estando ni remotamente a su altura.

Never been to Barcelona es la primera rumba de Vinnie. No creo que guste demasiado a los más puristas del flamenco, pero supongo que puede gustar a quienes disfruten del Bolero del amigo de Vicente Amigo, que es más fusión. Anteriormente, ya tenía algún temilla con guitarra clásica, She’s only sleeping. Después, incluiría otras tres en Defying gravity (2001): Last road home; House with a thousand rooms; y Equinox. Y la magnífica versión, más clásica, de She’s only sleeping que aparece en el cd Live (2002), y que por desgracia nadie ha subido todavía a Youtube.



Mi canción preferida del mundo mundial, durante algunos años, fue Watching from the light. Una original melodía con pedal de wah-wah y efectos de eco, sobre un acompañamiento cálido y melancólico, como si observases un paisaje nevado desde detrás de la ventana, junto al fuego. Me hacía imaginar coloridas puestas de sol sobre la montaña, donde los distintos vientos, Mestral, Xaloc, Tramontana, etc… se reunían y me contaban historias y anécdotas, cómicas o trágicas, que habían conocido durante sus correrías por el mundo, a lo largo de miles de años.


La melodía más parecida que conozco es la de Love thing de Joe Satriani (1998), y en cuanto a la sonoridad del acompañamiento, las más similares son Sin tu cariño de Maná (2002), Dig de Incubus (2003) y, en menor medida, Eternidad de Sober (2002). Tres temas bastante moñas, pero con un sonido muy chulo, para mi gusto.










sábado, 9 de enero de 2016

Mis lecturas de 2015



Este año he leído pocos libros impresos y mucho en blogs. Procuro ir encontrando cosas variadas en inglés que me puedan interesar, con tal de sumergirme mejor en la lengua. Principalmente periódicos y blogs de viajes. Mi preferido de esos blogs, por ahora, es heartmybackpack. Lo escribe una divertida chica noruega que ha pasado el último lustro viviendo en Tailandia y viajando mayormente por Asia, aunque suele incluir entradas escritas por amistades suyas que han visitado otros lugares.


Otros sitios web donde suelo leer sobre viajes son Matador network y My travel affairs



En cuanto a novelas, casi todo el año me he dedicado a releer en inglés algunas de mis preferidas. Dos de Murakami: Tokio blues, norwegian wood y Sputnik, mi amor. Empecé también After dark, pero lo aparqué. No tardaré en continuarlo. Murakami es de lo más ameno para leer en una lengua que no sea la tuya nativa. También leí Jacques el Fatalista, de Diderot, y De ratones y hombres, de Steinbeck. Este último me pareció que quizá no debería recomendarlo en inglés. El lenguaje de los protagonistas está lleno de incorrecciones que, si tienes un nivel medio-bajo, puedes confundir y creer que son frases bien escritas.

En diciembre ya me apetecía leer cosas nuevas en lenguas ibéricas, y empecé por Factotum de Charles Bukowski (1975). Es buenísimo. Me marqué como mejores capítulos los 22, 33 y 34.

Acto seguido cogí Bartleby, el escribiente, de Herman Melville (1855), un cuento espectacular. Maravilloso. Imprescindible. Me lo había recomendado hace tiempo un compañero de vendimia. Sólo deciros que una de las librerías de Valencia lleva su nombre.


Estos días he estado leyendo una obra en valenciano-catalán, Somiant amb Aleixa, de Mercè Climent i Francesc Mompó, que ganó el premio de literatura erótica de la Vall d’Albaida en 2010. La autora es hermana de la ex de un amigo, y hace tiempo que sentía curiosidad, además de porque la conozco, por ver cómo queda una novela con dos autores. Me ha sorprendido su calidad. Sin duda, es de lo mejor del género, que yo conozca. Si tengo como referentes La filosofía en el tocador, Historia de O y Las edades de Lulú, Somiant amb Aleixa está perfectamente a la altura de los clásicos. Va de una chica que posee el don de soñar lo mismo que quienes sueñan con ella, lo que la convierte en espía y víctima o cómplice de las fantasías de otra gente.


Y lo próximo es Carol, de Patricia Highsmith (1951). Hace años que la buscaba en tiendas, y ha tenido que ser conseguida por internet. Esperaba que este año, en que le han sacado película, se reeditaría la novela, pero parece que no ha sido así.

martes, 10 de noviembre de 2015

Descanso



Hay épocas en que dejo de intentar elaborar comentarios que no me nacen. Lo veo como un descanso.

El problema es que hay que ser sociable, y quieres serlo como todo el mundo. Necesitas ser capaz de generar respuestas ingeniosas, irónicas, que hagan reír o sonreír, y que expresen clara y elegantemente lo que sientes, sin sonar demasiado radical.

Hoy ha tocado simulacro de incendio durante la clase de inglés. Fuera de la escuela, la situación pedía bromear. Algunas chicas me miraban, ofreciéndome ocasión de realizar algún aporte a la conversación. Todavía no nos conocemos gran cosa. Y yo seguía completamente en blanco, sonriendo, teniendo claro que no se me iba a ocurrir nada, y sin ganas de agobiarme demasiado por ello. Vertiendo mi necesidad de rebeldía contra el imperativo social de “que hay que hablar”…, ya que es imposible rebelarme contra mi falta de verborrea, imperativo biológico. Simplemente acostumbrado a que, de donde no hay, nada vas a sacar.

Vuelvo a casa y me pongo a leer páginas interesantes de blogs, cuyos otros visitantes responden cordiales y amables, con mayor o menor gracejo o elegancia, cada uno con su estilo, pero todos han improvisado alguna respuesta elocuente. Y me sabe mal irme sin decirle al autor lo mucho que me ha gustado el post, pero necesito evitarme el ridículo de ir soltando obviedades, sin más.


Aunque no comente, casi siempre podréis contar con mi sonrisa.

Vagancias otoñales


Led Zeppelin - Ramble on (1969)

Hacia las cuatro de la tarde me ha llamado el dueño de la masía-bodega donde ocasionalmente he estado trabajando estos últimos meses, vendimiando, bazuqueando, prensando vino, embotellando el de años anteriores, tumbando las botellas, etc… es interesante ir participando y experimentando todo el proceso.

Me ha pedido que fuese allí, porque él no podía acudir y la au-pair de sus hijos no conseguía levantar la puerta de la bodega para entrar. “Y ya que estás, si quieres, puedes terminar de tumbar las botellas que quedan en palet”. Ok.

La chica tenía que entrar para recoger un par de cosas e irse pitando a por los niños, a la escuela. Me ha dicho que no tardaría, y que mejor me quedaba yo la llave.

El trabajo que me quedaba pendiente ha durado una hora. Al terminar y cerrarlo todo, ella todavía no había regresado, y no tenía ni idea de si lo haría pronto o tarde. He llamado al jefe para ver si me iba y dejaba la llave en algún sitio, pero no cogía la llamada.

Atrapado en el paraíso.

La tarde era espectacular. Es una gran casa de campo sobre un suave promontorio, rodeada de viñedos y bancales, a cierta distancia, y más de cerca por árboles, principalmente grandes nogales y cipreses. Está situada a unos tres km de cada uno de los dos pueblos más cercanos. Todo ello en medio de un valle que, por un lado, es abrazado por la gran sierra de Mariola. Cerca, se ven una vieja ermita y la caseta abandonada de lo que debió ser un apeadero del tren. La antigua vía, ahora asfaltada, pasa muy cerca, y de ahí al pueblo es preciosa, con tramos de árboles a ambos lados, y por momentos hundida entre bancales o elevada sobre ellos. Como un km más lejos, se encuentra el actual trazado de la vía ferroviaria.

Las tres perras habían venido a saludarme hacía media hora, a pedirme caricias y masajes, pero ahora estarían explorando por ahí. Las gatas estarían encerradas arriba, en el enorme trastero. Se estaba poniendo el sol, al fondo del paisaje otoñal. Aquí, estos días, no hace frío todavía. La viña y los árboles estaban medio pelados, pero el colorido era hermoso. Las típicas hojas rojas, marrones y amarillas, la hierba verde. Cielo azul y despejado, con algunos cirros. Esos momentos en que todo se pone amarillo, las paredes, el metal del coche, el suelo…

Un momento ideal para desconectar de mi adicción a internet y a escuchar música todo el tiempo. He decidido esperarla. Qué remedio. Pero no me molestaba, no había prisa. Al principio lamentaba no haber traído ningún libro. Alguna vez he estudiado inglés allí, después de comer en una jornada de vendimia, a la sombra de la parte trasera en agosto, con la brisa moviendo altas hierbas y las hojas del manzano, sentado a la entrada de la cochera, y ha sido una sensación muy placentera.

Me he acostado junto a la entrada de la bodega, y he pensado que era la clase de situación que la gente suele referir como “punto de inflexión”, “momento revelador”, el típico momento en que reflexionas y descubres lo que quieres hacer durante el resto de tu vida. Así que, al parecer, eso debería estar cociéndose ahora.

Bien, el otro día pensaba que, tras haber estado trabajando en el campo, al aire libre, en la naturaleza, jamás podré volver a hacerme a la idea de currar en fábricas. Que me deprimiré a la primera semana.

Luego he recordado un momento de hace casi ocho años. Sufría mobbing por parte de veteranos de la fábrica donde trabajaba desde hacía dos meses. Era el cabeza de turco. Salí una madrugada de marzo, a las 6 y casi media, todavía completamente de noche. El polígono estaba muy silencioso. La noche, despejada, llena de estrellas. Junto a la fábrica, al otro lado de la calle, había un solar descampado, donde un par de vagabundos con síndrome de Diógenes, o algo así, acumulaban todo tipo de desechos. Los vi durmiendo plácidamente. Habían situado un par de colchones, uno junto a la pared de la fábrica, en una parte ancha de acera, encarada al descampado, y el otro bajo un árbol. No hacía frío, y estaban bien cubiertos con mantas. A lo lejos se oía el murmullo decreciente de un coche por la carretera, y sonó alguna remota campanada. Lo que más me apetecía del mundo era acostarme allí mismo, en un colchón similar y con una manta así. Les tuve envidia por dormir así, al raso, en medio del pueblo, con esos tenues sonidos de fondo, y eso que mi vivienda estaba a cinco minutos a pie. Me gusta la soledad, y la naturaleza, pero sin alejarme demasiado de la humanidad, y de las comodidades occidentales. No me cambiaría por ellos más que esporádicamente, efímeramente. Pero sí que hay veces que… por una noche…

Me viene a la cabeza un párrafo de Hermann Hesse en la novela “Narciso y Goldmundo” de 1930:

   Un vagabundo puede ser delicado o tosco, hábil o torpe, valiente o medroso, pero, en el fondo, es siempre un niño, vive constantemente en el primer día, antes del comienzo de la historia del mundo, y se guía por unos pocos, sencillos impulsos y necesidades. Puede ser inteligente o corto de alcances, puede tener un alma zahorí que acierte a descubrir cuán quebradiza y pasajera es toda vida y en qué manera pobre y angustiosa lleva todo ser vivo su miajilla de sangre cálida a través del hielo del universo; o bien puede reducirse a obedecer infantil y ávidamente los mandatos de su pobre estómago; en todo caso, será siempre antagonista y enemigo mortal del hombre acomodado y sedentario, que le odia, desprecia y teme porque no quiere que se le recuerde la fugacidad de todo ser, el continuo declinar de toda vida, la muerte implacable y fría que llena el mundo en torno nuestro.

Quizá a los 80 años, un buen día, se me haga la luz, y sepa a qué me quiero dedicar durante el resto de mi vida.